
Necesitaba la envoltura del aire, como otras veces, encontrarse allí, en aquella playa salvaje.
La brisa fina, tenue, acariciaba deliciosamente su piel.
Disfrutaba esta sensación mecida por sus pensamientos sosegados por el cansancio y la falta de sueño.
Un frió repentino y extraño la obligó a cerrar la cremallera de su cazadora acolchada.
Paseó descalza por la orilla, el agua vino a besar respetuosamente sus pies
El cielo se tiñó de un gris denso, inquietante.
Las olas crecieron de forma violenta, no pudo evitarlo, corrió hacia atrás, totalmente mojada.
Escapaba secándose los ojos, cuando de pronto, se vio rodeada por un grupo de personas con aspecto de zombies, en su rostro, un gesto de odio infinito resbalaba por las esquinas de sus bocas.
Sacaban palabras de la mochila que cargaban en sus espaldas, palabras venenosas, sucias, raídas, estrechas apretadas, negras.
El pánico que debe sentir cualquier moribundo recorrió su columna, gritó aterrorizada.
Un desmayo la rescató, siendo devorada por el mar.
La arrastró hasta el centro de una cueva.
Desde el fondo del abismo vino a recuperar la conciencia, muerta de dolor.
Consiguió abrir los ojos después de incontables esfuerzos.
Observó que su cuerpo permanecía en el suelo de la cueva, cubierto de algas.
Se quedó dormida, en su sueño recordó como le habían clavado malas palabras, como dardos abrasivos en todo el cuerpo, estas se comían la piel.
Se quedó desnuda de piel, suplicó a todos los dioses morir, no quería vivir sin la piel que protege.
Solo conservaba la piel de sus párpados.
Pudo abrirlos de nuevo, lentamente, descubrió a otras personas que se movían en aquel espacio como ella sin piel.
Se aplicaban unos a otros compresas de algas en la zona del corazón. Algunos tenían una fina película que podría ser la futura piel.